LA ELECCIÓN
Hace unos años me invitaron a dirigir “Esperando a Godot”, de Beckett, en el Teatro Nacional de Mannheim, en Alemania, con los actores del elenco estable y en alemán. Mi dominio del idioma era pobre en esa época, y me pusieron un intérprete español-alemán.
Cuando el director del teatro me preguntó si había pensado en algún actor de la compañía para hacer de Vladimir, uno de los protagonistas, le dije que me había gustado mucho un actor alto y desgarbado a quien había visto en una función de “La visita de la anciana dama” de Dürrenmat en ese mismo teatro. “¡Ah, Manfred!” me dijo, “no hay ningún problema”.
LOS ENSAYOS
Un año después comenzaron los ensayos.
Manfred no sólo resultó un excelente actor, sino una personalidad artística sorprendente. Era silencioso, solitario, se sabía los textos estupendamente y encaraba cada escena -antes de que yo hubiera sugerido nada- con una originalidad que me dejaba boquiabierto.
Luego de un mes de ensayos tuve que elegir al actor que haría el joven que aparece dos veces en la obra, el supuesto “emisario” de Godot. Elegí a un chico rubio, hijo de inmigrantes italianos, llamado Rino. Cuando Manfred se enteró comentó: “Muy mala elección”, “¿Por qué?” pregunté yo. “No ama al teatro”. “¡Pero tiene 15 años!” “No importa, es una mala elección, no ama al teatro. Nos traerá problemas”.
Dos meses después del estreno pasé por Mannheim y me enteré que Rino se había quedado dormido antes de una de sus entradas a escena y Manfred tuvo que hacer los dos papeles, el suyo y el de Rino.
LA LECCIÓN
En otra ocasión, me lo encontré en la calle, en Mannheim, Manfred venía con una bolsa de supermercado. Charlamos un momento y le pregunté por su compra. Su respuesta no la he olvidado nunca: “Sí, durante el día hago cosas, me ocupo de la casa, hago la compra, pero mi vida verdadera comienza a las 19,30, cuando se alza el telón”.
(Imagen: Samuel Beckett)