ROBERT WILSON
Ha muerto hace poco, a los 83 años, Robert Wilson, el gran renovador del teatro experimental.
Había nacido en Waco (Texas) y muy joven se trasladó a Nueva York donde se formó como bailarín, coreógrafo y artista visual.
FORMACIÓN
Son George Balanchine, Michael Cunningham, John Cage, y Martha Graham, los que le ayudan a sentar las bases de su propio paradigma creativo, su manera específica de ver y de hacer.
A lo largo de su carrera ha colaborado con Philip Glass en “Einstein on the Beach”, y con numerosos artistas, entre ellos Heiner Müller, William S. Burroughs, Allen Ginsberg, Lou Reed, Lady Gaga, Jessye Norman, Mikhail Baryshnikov o Marina Abramovic.
ESTÉTICA
Wilson es conocido por ampliar los límites del teatro. Sus obras se caracterizan por su estilo austero, movimiento muy lento, y la escala a menudo extrema en el espacio o en el tiempo. “La vida y obra de José Stalin” duraba 12 horas, mientras que «KAMOUNTain» y «GUARDenia Terrace» fueron puestas en escena en la cima de una montaña en Irán y duraron siete días.
En 1971 presenta en el Festival de Nancy “La mirada del sordo” un espectáculo mudo de siete horas de duración que dividió al público y produjo un escándalo monumental. Al cabo de seis horas seguían entrando intérpretes que atravesaban el escenario con extrema lentitud para desesperación de muchos.
Este espectáculo le abrió las puertas de los más importantes teatros europeos y durante cinco décadas maravilló a todos con propuestas rompedoras tanto en el campo del teatro como de la ópera.
En un mundo en el que no hay tiempo para nada Wilson se convirtió en un defensor de la lentitud. Más de una vez citó a Ezra Pound cuando decía: “La quietud es la cuarta dimensión”
EN ESPAÑA
Aún se recuerda cuando en 1986 en Barcelona volvió a presentar –esta vez como actor- un fragmento de «La mirada del sordo». Con el rostro maquillado de negro cruzaba la escena en poco más de una hora con un vaso de leche en la mano. La pasmosa lentitud escénica provocó silbidos, gritos y monedas arrojadas al foso del teatro.
Wilson no se inmutó, como todo gran artista, como Picasso, Stravinsky, o Tadeusz Kantor nunca trabajó para contentar al público, a la crítica o a los directores de festivales.
Siempre hizo lo que quiso.
Con el desaparece el último revolucionario de la escena mundial.