A los 97 años ha muerto Peter Brook.

Dejemos los lugares comunes, no voy a decir que el teatro está de luto, que ha muerto un gigante de la escena.

Prefiero recordar todo lo que me ha dado aunque sólo he sido sólo uno más entre sus espectadores.

La primera vez que vi una puesta suya fue “El sueño de una noche de verano” de Shakespeare, en Londres. Pensando que iba a ver una escenografía de bosques y prados me dejó helado ver una caja blanca, con casi nada. En ella los actores se balanceaban en el aire, jugaban con sus cuerpos en una estética de la ópera de Pekín, y todo era un festival de risas y disfrute teatral.

Eso ha sido lo que he visto después en sus espectáculos, la magia del teatro hecha con nada, sólo con unos actores disfrutando en un espacio vacío. Ya sea que se tratara de Chejov, de Shakespeare, de “Carmen” de Bizet, Peter Brook mostró que hace falta muy poco para que la magia aparezca.

Y eso es lo que más define a su teatro, la capacidad de crear momentos únicos con casi nada.

Gran maestro de actores, incansable explorador de nuevos caminos para la escena, es él quien ha dicho: “Si alguna vez me siento orgulloso de algo, ponedme bajo una ducha y quitadme el peso de la  arrogancia”