Hace varios años hice un Taller de un mes con Lee Strasberg en Los Angeles, junto a un grupo de actores y directores de diferentes países. Teníamos seis o siete horas de clase todos los días. Fue una experiencia fascinante y enormemente reveladora para todos.
Las clases las impartía directamente Strasberg y varios de sus asistentes. También pudimos presenciar una puesta en escena de “Un día en la muerte de Joe Egg” de Peter Nichols, dirigida por el propio Strasberg.
La puesta no fue demasiado interesante y pensamos que Strasberg era mucho mejor maestro que director.
Y es que como maestro tenía algunas cualidades sobresalientes: una gran percepción para percibir las dificultades de cada actor, una gran capacidad persuasiva y, además, una invariable objetividad: le decía a cada uno lo que pensaba y nunca se dejaba llevar por simpatías o afinidades.
Con respecto a su trabajo como director una vez comentó: “Cuando monto un espectáculo y en la noche del estreno se acerca la gente a saludar después de la función, aquellos que me dan una palmada en la espalda y me dicen “Muy bien, Lee”, de esos no aprendo nada. Mientras que cuando viene alguien y me dice todo lo que no le ha gustado, siempre, una vez que logro separar lo que pudiera haber de envidia o rivalidad, hay algo de verdad en lo que me ha dicho. De éste aprendo, mientras que los que me dan una palmadita en la espalda sólo producen un masaje al ego”.