En un reciente reportaje, Woody Allen decía que “estamos asistiendo a la muerte del artista. Eso es triste. El artista hoy tiene miedo de arriesgarse en lo que hace y en lo que dice porque tiene miedo a las consecuencias. Lamentablemente, en mi país, si fracasas, no hay mucho margen. En EEUU no hay tolerancia frente al fracaso. Y es terrible enseñarle eso a los niños. Hay que estar dispuesto a fracasar, y más en mi profesión. Te secarás como ser humano si vives toda tu vida temeroso de fracasar.” Eso no está sucediendo sólo en EEUU. El arte está en retroceso. Hoy importa el ego, el buen humor, la risa y la exhibición. Pero animarse a proponer algo arriesgado, muy pocos. No forma parte del espíritu de esta época. ¡Qué lejanas suenan hoy las palabras de Beckett! Cuando decía “Da igual, prueba otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor.” Sobre el pintor Bram van Velde Beckett decía que “fue el primero en admitir que ser artista es fracasar. Fallar es parte de su mundo y el abandono, la deserción y la artesanía que subyace son su día a día”. En una de sus piezas más conmovedoras, “La última cinta”, Beckett nos presenta a un viejo lleno de achaques, grotescamente ataviado, pantalones demasiado cortos, camisa sin cuello, zapatos blancos sucios y, en resumen, todo el aspecto del abandono. Este hombre no hace más que escuchar en un viejo grabador las cosas que había dejado registradas 30 años antes, “cuando aún era posible ser feliz”. El personaje, Krapp, un escritor fracasado de 69 años, es en esencia un payaso que provoca sonrisas y la poca compasión que puede despertar un payaso. Beckett se divierte presentándonos crudamente a este personaje. Podemos reconocernos en sus manías, sus desplantes, y sus tics. Cuando termina la obra no dejan de resonar las palabras de Nietzsche: “humano, demasiado humano”.