Es bien conocido el pasaje de “Hamlet”, cuando en el acto segundo el protagonista hace recitar a uno de los cómicos un pasaje de “La Eneida”. Al hacerlo, y contar las desgracias de Hécuba, el actor se emociona y las lágrimas corren por su rostro. Hamlet lo observa y se pregunta: “¿No es tremendo que ese cómico pueda subyugar así su alma su propio antojo, hasta el punto de que salten lágrimas a sus ojos, altere la angustia de su semblante, se le corte la voz, y su naturaleza entera se adapte en su exterior a su pensamiento?… ¡Y todo por nada! ¡Por Hécuba! ¿Y qué es Hécuba para él, o él para Hécuba, que así tenga que llorar sus infortunios?…”Shakespeare pone sobre la mesa aquí el enigma de siempre de cualquier intérprete. ¿Qué hace un actor para sentir y transmitir lo que ha vivido su personaje cuatrocientos o quinientos años antes?Pasaron justamente cuatrocientos años y la misma pregunta se la formularon Stanislavsky, y también Meyerhold, y Brecht, y Grotowsky y Peter Brook. ¿Y cuál es la respuesta? Hay muchas respuestas, variadas, brillantes, inteligentes, muy distintas unas de otras, y sin embargo el enigma sigue allí.

En los distintos espectáculos que he dirigido muchas veces me he preguntado (aunque no se le he preguntado) ¿qué hace este actor para generar esto, para posesionarse de esta manera, y al momento, por cualquier exigencia del ensayo, cortar todo y estar tan bien y tan en control? Sin duda es un atributo humano, único y maravilloso, porque ¿quién no desearía ser otro durante dos horas y vivir una vida sin duda mucho más asombrosa que nuestras pobres existencias cotidianas?

Pero el enigma sigue en pie.